Que agradable fue sentir el suave calor del sol en la cara cuando en el inicio de la sesión fotográfica, cuando subía por el camino desde la Hoya de Yuza, se abrió la niebla que hasta ese momento era tan espesa como el merengue. Abajo, en el llano, en medio de la espesura se mantenía una mañana invernal de frío y humedad intensos. Aquí arriba el sol espléndido y su cálido abrazo invitaban a permanecer durante toda la mañana, como así hice, disfrutando de las evoluciones de un auténtico mar provocado por el manto espumoso. La niebla subía y bajaba, en un interminable vaivén, de las cumbres por las laderas de los cerros que se encontraban algo más abajo de donde yo estaba. En cada movimiento nuevas instantáneas aparecían en el visor de mi máquina que no dejé un momento para no perderme ni un segundo del mágico acontecimient0. Recordé que hubo un tiempo en que estas tierras se encontraban bajo un profundo mar y que hoy, con el efecto de la niebla que se extendía por todo el altiplano, se volvía a repetir, con una especie de añoranza, aquella época remota. Estoy completamente seguro que algo muy parecido se pudo ver entonces como pude verlo hoy. Y lo que es mejor: solo.
Pero apenas llegaban las lluvias.